¿Cómo sabes si tus explicaciones son reales o solo excusas?

En general, las excusas son simples salidas, escapatorias, que utilizamos en nuestro afán por explicar la desidia y falta de acción; evasivas que en la mayoría de los casos, ni nosotros mismos creemos. Sabemos que no son ciertas y que sólo son una manera fácil de justificar nuestra mediocridad y tratar de quedar bien al mismo tiempo. “Siento haber llegado tarde, el tráfico estaba horrible”. Sin embargo, no fue el tráfico lo que hizo que llegásemos tarde. Sencillamente no hicimos un esfuerzo por llegar temprano, y para cubrir este desatino o evitar las críticas tomamos el camino más fácil: inventamos una excusa. Así que como ves, es claro que dar una excusa significa ser deshonestos con uno mismo o con alguien más.

Sin embargo, por alguna absurda razón, excusas como ésta son socialmente más aceptables que la verdad. Culpamos al tráfico porque no quedaría bien decir que la verdadera razón de la tardanza es que no queríamos perdernos los últimos quince minutos del noticiero o el partido de fútbol. De la misma manera que no llamaríamos a la oficina a decir: “No voy a trabajar el día de hoy porque le prometí a mi hijo que iría a la reunión de padres de familia”. En lugar de esto, simplemente llamamos y decimos que estamos enfermos.

No obstante, al igual que con cualquier otra vaca, estamos pagando un precio muy alto por estas excusas socialmente aceptables: saber que no somos lo suficientemente seguros e íntegros como para enfrentar las consecuencias de hablar con la verdad.

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