Evita el terrible hábito de dar excusas

Pocas personas admiten que dan excusas. Para ellas, sus pretextos, lejos de ser evasivas, son explicaciones legítimas de circunstancias que están fuera de su control. No es que ellas “lleguen consistentemente tarde a todo”, sino que prefieren “llegar con un pequeño retraso”, para evitar ser las primeras; otras, extrañamente, son siempre las víctimas del “tráfico impredecible”.

¿Ves la manera tan fácil como racionalizamos nuestros malos hábitos? Los pretextos los convertimos en “explicaciones lógicas”; los miedos preferimos llamarlos “precauciones acertadas” y las pobres expectativas han pasado a ser “una manera más realista de ver la vida”. Nos negamos a aceptar que estemos conformándonos con segundos lugares, y preferimos pensar que lo que estamos haciendo es “ser prácticos para evitar decepciones mayores”. Nunca admitiremos ser mediocres; preferimos pensar que lo que estamos haciendo es “establecer niveles más aceptables de rendimiento”. Esta es la razón por la cual para muchos sus justificaciones no suenan a excusas. Porque sus excusas y pretextos —o como yo las llamo, vacas— vienen disfrazadas de diferentes formas que las hacen menos reconocibles y más aceptables.

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